La ciencia ficción y el surrealismo son dos géneros que desafían la lógica; hacen un esfuerzo por descubrir lo imposible.
Por un lado, la ciencia ficción plantea futuros probables a través de tecnologías aún no inventadas, realidades alternativas y mundos extrapolados. Y el surrealismo sugiere situaciones utópicas, pero verdaderas en lo emocional o simbólico: sueños, visiones y metáforas vivas.
André Breton, el padre del surrealismo, dijo alguna vez que México es el país más surrealista del mundo, y tenía razón; aquí los opuestos conviven sin conflicto: la vida y la muerte bailan juntas, lo sagrado y lo cotidiano coexisten en un mismo altar, los sueños y los recuerdos se cuentan como si fueran lo mismo, y las flores comparten el mismo simbolismo que una calavera. El surrealismo no es un estilo, una corriente artística o un movimiento: es la esencia misma del país; su forma de vivir.
México no necesita inventar lo imposible, simplemente permite que florezca. No le teme a lo desconocido; lo nombra, lo pinta y lo canta. Aquí la ciencia ficción no necesita satélites, androides ni inteligencia artificial; no se requiere mirar al futuro para imaginar lo extraordinario, basta con una flor de cempasúchil, papel picado, velas, calaveras decoradas y un pedazo de pan para abrir portales entre mundos.
Dia de Muertos
Cada año, el dos de noviembre, las familias arman sus altares seleccionando cuidadosamente las fotografías de aquellos seres queridos que partieron hacia el Mictlán, el viaje interior que todos haremos algún día. Los mexicas narraban la muerte como un recorrido de nueve niveles con una prueba en cada uno; una travesía al inframundo que no significaba un castigo, sino purificación.
Formaba parte del ciclo natural: nacer, vivir, morir y transformarse. La muerte no era vista como algo malo, sino como una transición inevitable y digna de respeto, y es por lo mismo que no le temían, la festejaban. El Día de Muertos no es sólo un ritual o una tradición, es una forma de hackear la realidad, empleando los altares como portales entre dimensiones y las flores de cempasúchil como máquinas del tiempo que guían con su luz y color los pasos de las almas recordadas.
De esta manera, se honra a los vivos y a los muertos, uniendo nuestro mundo con el suyo por medio del amor y la nostalgia.
El Mictlan
Sin embargo, el duelo por la pérdida existe y es imposible de ignorar, tanto para los que se quedan como para los que parten, y atravesamos esos nueve niveles, nueve pruebas, nueve maneras de soltar lo que fuimos. La primera fase es el trauma, las montañas que se chocan, como se representa en el Mictlán; es la resistencia a morir o a soltar. El alma corre entre los picos que se cierran como si fueran los pensamientos que golpean cuando algo termina.
Una vez superada esta etapa, sigue el campo con cuchillas de viento que simboliza los juicios: lo que no se dijo y lo que no se perdonó. Los pétalos de cempasúchil ayudan a cubrir el alma para no cortarse. El río del olvido representa la aceptación y es donde aparece un xoloitzcuintle que te ayudará a cruzar: «Si no te acuerdas quién fuiste, no podrás cruzar. Recuerda sin dolor».
Las flechas del cerro con flechas invisibles figuran cada expectativa no cumplida. A lo largo de este tramo del viaje, el alma aprende a caminar sin miedo a ser imperfecta. En el lugar donde sopla el viento de obsidiana se reflejan los rostros de los antepasados y es donde el alma entiende que no está sola, que es la gota de agua que vuelve a formar parte del océano.
El duelo interior
La laguna sin fondo es el sitio para liberarse del nombre, el cuerpo y la historia… El alma teme desaparecer, pero únicamente soltando todo es viable que florezca un nuevo ser. En la sala de los espejos rotos, cada pedazo muestra las versiones posibles de la vida pasada y es cuando la muerte enseña que toda existencia es un ensayo; lo importante es amar, no acertar.
La caverna de la risa y el llanto es donde los muertos bailan y descubren que la tristeza y la alegría son hermanas. Y el último umbral es un jardín infinito; el alma comprende que no debe ir a ningún lado; ella misma es una semilla y regresa a la tierra.
Lo fascinante de este concepto del viaje a través del duelo del alma es descubrir que el Mictlán no está en el inframundo, sino dentro de nosotros mismos. Lo atravesamos cada vez que algo muere en nuestra vida: una etapa, un vínculo, una versión de nosotros mismos o un ser querido. Cada pérdida nos obliga a cruzar ríos invisibles, nos expone al viento de los recuerdos y remordimientos; nos quita la piel de lo que éramos para convertirnos en algo nuevo.
Nacer para florecer
Caminamos en la oscuridad, el lugar donde se suelta todo, para redescubrir el camino. Y aunque nunca se supere la pérdida, se aprende a vivir con esa ausencia que se vuelve parte de uno mismo, danzando entre la tristeza y la alegría.
Es así que en México entendí que morir no es desaparecer, es volver con flores, comida y canto. Que la muerte no es el final del camino, sino el puente entre mundos y, por lo mismo, no huimos de ella, la festejamos. La vestimos con flores y la llenamos de color. Poner una ofrenda es un homenaje a los que se fueron y una forma de recordarnos que estamos vivos.
Hablamos con los difuntos como si nunca se hubieran ido; no me gusta referirme a ellos en pasado porque su risa aún nos acompaña, sus gestos nos habitan y una parte de ellos sigue caminando con nosotros. Y no es una locura, no es triste ni extraño; es real. Porque en México lo simbólico es físico. Es el surrealismo visto desde una percepción del mundo como algo expandido, mágico, contradictorio y profundamente humano. Aquí las calaveras sonríen porque saben algo que a veces olvidamos: no estamos hechos para durar, sino para florecer, y eso es suficiente.
A quienes duelen en silencio.
A quienes aún caminan con su duelo a cuestas.
Y a los que partieron, pero siguen siendo verbo presente en nosotros.